Luigi Fabbri (1877--1935)

Luigi Fabbri (Vida y obra)

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Luigi Fabbri

Luigi Fabbri (1877–1935) Nacio el 23 de diciembre de 1877 en Fabriano, (Italia) y murió el 23 de de junio de 1935 en Montevideo, (Uruguay),

Fue un militante anarquista italiano, escritor y educador, y durante la Primera Guerra Mundial agitador y propagandista.

Padre de Luce Fabbri. Fabbri fue por largo tiempo un contribuidor prolífico a la prensa anarquista en Europa y luego en Sudamérica, co-editor de “L’Agitazione”, junto a Errico Malatesta. Ayudó a editar el periódico “Università popolare” en Milán. Primero condenado por sus actividades anarquistas a la edad de 16 en Ancona, Fabbri pasó muchos años en prisiones italianas. Fabbri fue un delegado al Congreso Internacional Anarquista llevado a cabo en Ámsterdam en 1907.

Fue el autor de: “Dictadura y Revolución” (Dettadura e Rivoluzione), una respuesta a la obra de Lenin “El Estado y la revolución;”, “Vida de Malatesta”, traducida por Adán Wight (publicado originalmente en 1936), este libro fue publicado otra vez con el contenido ampliado en 1945. Además escribió otros libros políticos. En Uruguay se dedicó a la docencia escolar y secundaria manteniendo sus ideas. Fue el padre de la anarquista y educadora uruguaya Luce Fabbri.

Luchó en la “Semana Roja”, la huelga general de los sindicatos en 1914, por lo que se tuvo que exiliarse en Suiza, por corto tiempo. Después de estar exiliado en Londres, viajó en un barco mercante al sur de Italia, recorrió toda la península y apareció en Génova, aclamado por la multitud como un líder revolucionario, papel que siempre se negó a asumir, por sus convicciones ideológicas libertarias. Dirigió el diario del que también Malatesta participaba, “Umanitá Nova”, primero en Milán y luego en Roma.

Entre 1919 y 1920, en la toma de las fábricas, los anarquistas tuvieron un papel muy importante. No obstante, su papel no fue muy importante debido al hecho de estar viviendo en Bolonia, que no era una ciudad industrial. Fabbri deseaba que los trabajadores no abandonasen las fábricas, y contribuyó con sus artículos, mientras que  Malatesta fue a las fábricas en Roma, para personalmente tratar que el movimiento prosiguiera.

El movimiento había sido interrumpido por los reformistas. La central sindical mayoritaria era socialista (marxista), no era socialista revolucionaria. Por lo tanto, había divisiones en el partido socialista: estaban los maximalistas (revolucionarios) y los “legalistas”. Fabbri, a esa altura, ya era muy pesimista, y pensaba que el momento revolucionario ya había pasado, y si bien deseaba aprovechar la última oportunidad, no creía que el desenlace fuera favorable a los anarquistas.

Comenzó a tener grandes dificultades en Italia desde el ascenso al poder de Benito Mussolini en 1922, siendo arrestado dos veces. La situación de todos los anarquistas se hizo muy difícil bajo el régimen fascista. De todos modos, durante los primeros años del fascismo, la propaganda continuó aunque muy limitada: el periódico “Pensiero e Volontá” de Malatesta se fundó en 1924, pero poco después fue suspendido. “Umanitá Nova”  también salía con dificultades, cuando no era prohibida.

Fabbri era profesor de escuela primaria, y continuó enseñando durante más de 4 años. En 1926 se hizo obligatorio para los docentes jurar fidelidad al régimen fascista, a los que Fabbri se negó. Cruzó la frontera hacia Francia, separándose de su familia. Su hijo y su esposa fueron a Roma a trabajar, mientras su hija permaneció en Bolonia por dos años. Después, su mujer y su hija se reunieron con Fabbri en Francia, pero su hijo permaneció en la capital italiana, y ya nunca volvieron a verse.

Iba a ser expulsado de Francia por presión de la embajada italiana, y mientras se efectuaban los trámites diplomáticos, la policía lo detuvo en su hotel y lo depositó en la frontera con Bélgica, pasándolo clandestinamente por la frontera, para no ser detenido por las autoridades belgas, a fin de que no lo enviasen de vuelta a Francia. Una vez en Bruselas comenzó a preparar un viaje a Sudamérica, viajando en barco con su familia hasta Uruguay.

Fabbri ya había hecho colaboraciones desde Europa para el periódico anarquista “La Protesta”, de Buenos Aires. Se dedicó más plenamente a la actividad periodística en la región rioplatense. También trabajaba como profesor, aunque los editores de “La Protesta” lo ayudaban económicamente. Pero el 6 de septiembre de 1930, un golpe militar del general Uriburu terminó con el gobierno democrático de Hipólito Yrigoyen, y prohibió toda actividad obrera, y en especial persiguió a los anarquistas. “La Protesta” fue clausurada y destruyeron sus oficinas e imprenta. Luigi Fabbri se trasladó a Uruguay, donde vivió sus últimos años.

Bibliografía

  • Influencias burguesas en el anarquismo
  • Sindicalismo y anarquismo
  • Malatesta: su vida y su pensamiento.
  • Los comunistas y la religión
  • El último filósofo del Renacimiento: Giordano Bruno
  • Crítica Revolucionaria
  • ¿Qué es la anarquía? Anarquía y comunismo en el pensamiento de Malatesta
  • El anarquismo, la libertad, la revolución
  • Carlo Pisacane: la vida, la obra, la acción revolucionaria
  • El ideal humano
  • Cartas a una mujer sobre la anarquía
  • Dictadura y Revolución
  • La crisis del anarquismo
  • Revolución no es dictadura: La gestión directa de las bases en el socialismo
  • En el CAFE: Conversaciones sobre el anarquismo
  • Anarquismo y comunismo científico
  • Socialismo, dictadura y revolución
  • Páginas de lucha cotidiana
  • Comunismo libertario o capitalismo de Estado
  • La base ideal de la anarquía
  • Quienes somos y qué queremos
  • La función del anarquismo en la revolución
  • Guerra, patria, militarismo
  • Cuestiones Urgentes
  • El pensamiento social de Piotr Kropotkin
  • La organización obrera y la anarquía: a propósito del sindicalismo
  • La organización anarquista.

Enlaces externos

Anarquía y comunismo en el pensamiento de Luigi fabbri.

Escrito por Luigi Fabbri

ideaUn mal hábito, contra el cual es necesario reaccionar, es aquél tomado desde hace algún tiempo por los comunistas autoritarios de oponer el comunismo a la anarquía, como si las dos ideas fuesen necesariamente contradictorias; el hábito de usar estos dos términos, comunismo y anarquía, como si fuesen antagónicos entre sí, y el uno tuviese un significado opuesto al otro. (…)
No está mal recordar que fue precisamente en un congreso de las Secciones Italianas de la Primera Internacional de los trabajadores, llevado a cabo clandestinamente en los contornos de Florencia en 1876, que, bajo una propuesta motivada por Errico Malatesta, éste afirmó ser el comunismo el arreglo económico que mejor podía hacer posible una sociedad sin gobierno; y la anarquía (esto es, la ausencia de todo gobierno), como organización libre y voluntaria de las relaciones sociales, ser el medio de mejor actuación del comunismo. La una es la garantía de un efectivo realizarse de la otra y viceversa. De aquí la formulación concreta, como ideal y como movimiento de lucha, del comunismo anárquico.

Luigi Fabbri (1877-1935), fue un militante anarquista italiano, escritor y educador, y durante la Primera Guerra Mundial agitador y propagandista

(…) Los anarquistas entonces se llamaban en Italia más comúnmente socialistas; pero cuando querían precisar se llamaban, como se han llamado siempre desde aquel tiempo en adelante hasta ahora, comunistas anárquicos.

Más tarde Pietro Gori solía precisamente decir que de una sociedad, transformada por la revolución según nuestras ideas, el socialismo (comunismo) constituiría la base económica, mientras la anarquía sería el coronamiento político.

(…) Tal definición o fórmula del anarquismo -el comunismo anárquico- era aceptada en su lenguaje incluso por los otros escritores socialistas, los cuales cuando querían especificar su propio programa de reorganización social desde el punto de vista económico, hablaban no de comunismo sino de colectivismo, y se decían en efecto colectivistas.

Esto hasta el 1918; vale decir hasta que los bolcheviques rusos para diferenciarse de los socialdemócratas patriotas o reformistas, no decidieron mudar nombre, retornando a aquel de “comunistas” que se enlazaba con la tradición histórica del célebre Manifiesto de Marx y Engels de 1847, que antes de 1880 era usado en sentido autoritario y socialdemocrático exclusivamente por los socialistas alemanes. Poco a poco casi todos los socialistas adherentes a la III Internacional de Moscú han terminado por decirse comunistas, sin tener cuenta alguna del significado cambiado de la palabra, del uso mudado que se hace de la misma desde hace cuarenta años en el lenguaje popular y proletario y de las cambiadas situaciones en los partidos desde 1870 en adelante, cometiendo así un verdadero anacronismo.

(…) Los socialistas transformados en comunistas han por cierto modificando bastante su programa, respecto de aquel que había sido fijado en el Congreso del Partido de los Trabajadores en Génova, por Italia, en 1892, y en Londres, para la Internacional Socialista, en el Congreso de 1896. Pero la modificación del programa vierte total y exclusivamente sobre métodos de lucha (adopción de la violencia, desvalorización del parlamentarismo, dictadura en vez de democracia, etc.); y no se refiere al ideal de reconstrucción social, único al cual las palabras comunismo y colectivismo pueden referirse.

Por lo que se refiere al programa de reorganización social, de arreglo económico de la sociedad futura, los socialistas-comunistas no lo han modificado en nada; no se han ocupado en absoluto. En realidad, bajo el nombre de comunismo está siempre el viejo programa colectivista autoritario que subsiste con, en un trasfondo lejano, muy lejano, la previsión de la desaparición del Estado que se señala a las muchedumbres en las ocasiones solemnes, para distraer su atención de la realidad de una nueva dominación, que los dictadores comunistas querrían meterles sobre el cuello en un futuro más próximo.

Todo esto es fuente de equívocos y de confusión entre los trabajadores, a los cuales se les dice una cosa con palabras que les hacen creer otra. La palabra comunismo, desde los más antiguos tiempos, significa no un método de lucha, y todavía menos un modo especial de razonar, sino un sistema de completa y radical reorganización social sobre la base de la comunión de los bienes, del gozo en común de los frutos del trabajo común por parte de los componentes de una sociedad humana, sin que ninguno pueda apropiarse del capital social para su exclusivo interés con exclusión o daño de otros. (… )

Por comunismo siempre se ha entendido un sistema de producción y distribución de la riqueza en la sociedad socialista, cuya dirección práctica era sintetizada en la formula “de cada uno según sus fuerzas y capacidad, a cada uno según sus necesidades. La fórmula de los colectivistas era, por el contrario, “a cada uno el fruto de su trabajo” o “a cada uno según su trabajo”. No hace falta decir que estas fórmulas han de ser entendidas en sentido aproximativo, como tendencia general, y no en modo absoluto y con carácter dogmático, como de hecho fueron adoptadas durante cierto tiempo. (…)

Los neo-comunistas en cambio por “comunismo” entienden sola o prevalentemente el conjunto de algunos métodos de lucha y los criterios teóricos adoptados por ellos en la discusión y en la propaganda. Algunos se refieren al método de la violencia o terrorismo estatal, que debería imponer por la fuerza el régimen socialista; otros quieren significar con la palabra “comunismo” el complejo de teorías que van bajo el nombre de marxismo (lucha de clases, materialismo histórico, conquista del poder, dictadura proletaria, etc.); otros todavía un puro y simple método de razonamiento filosófico, como el método dialéctico. Algunos lo llaman, por eso -amontonando juntas palabras que no tienen entre ellas ningún nexo lógico- comunismo crítico, y otros comunismo científico.

Según nosotros, todos ellos están en un error; porque las ideas y los métodos de los cuales se habla arriba podrán ser condivididos y empleados también por los comunistas, y ser más o menos conciliables con el comunismo, pero por sí mismos no son el comunismo ni bastan para caracterizarlo, mientras podrían muy bien conciliarse con otros sistemas del todo diversos e inclusive contrarios al comunismo. Si quisiéramos divertirnos con juegos de palabras, podríamos afirmar que en las doctrinas de los comunistas dictatoriales hay de todo un poco, pero que lo que más falta es precisamente el comunismo. (…)

El colectivismo legalista y estatal por un lado y el comunismo anárquico y revolucionario del otro, eran las dos escuelas en que se dividía principalmente el socialismo hasta el estallido de la Revolución rusa en 1917. (…)

El disentimiento, por el contrario, no está entre anarquía y comunismo más o menos “científico”, sino entre comunismo autoritario o estatal, empujado hasta el despotismo dictatorial, y el comunismo anárquico o antiestatal con su concepción libertaria de la revolución.

Que si de una contradicción en términos se debiera hablar, ésta habría que buscarla no entre el comunismo y la anarquía, que se integran al punto que el uno no es posible sin la otra, sino más bien entre comunismo y Estado. En tanto hay Estado o gobierno, no ay comunismo posible.

Por lo menos su conciliación es tan difícil y tan subordinada al sacrificio de toda libertad y dignidad humana, como para suponerla imposible hoy que el espíritu de revuelta, de autonomía y de libre iniciativa está tan difundido entre las masas, hambrientas no solo de pan, sino también de libertad.

 

Luigi Fabbri: Escritor, educador, periodista e incansable agitador

Los que le conocieron, pensaban que Luigi Fabbri encarnaba permanentemente el ideal de justicia y libertad en la esfera íntima de su vida. Aquellos que vivieron junto a él, difícilmente pudieron considerar la anarquía simplemente como un bello ideal, ya que la vieron en acción.

Tal como decía Luce, su hija, la pasión por la libertad de Fabbri estaba originada en un profundo respeto por la personalidad humana.

En su faceta de profesor, jamás llevó a cabo propaganda alguna y confiaba en que la mejor labor educadora era crear la atmósfera adecuada para que los chavales fueran formando por sí solos su mundo interior sin aceptar nunca las ideas prefabricadas.

En la escuela decía palabras como estas: “No creáis nunca ciegamente en las palabras del maestro, en las afirmaciones de un solo libro. Escuchad, comparad las diversas opiniones y llegad a conclusiones propias”.

El anarquismo de Fabbri, como no podía ser de otra manera, era profundamente humanista al defender, tanto la libertad política como la justicia económica, tanto el patrimonio cultural producto de la historia como el esfuerzo individual ante el peligro de la opresión estatal. La forma de observar la historia de este anarquista era como un desarrollo permanente, un impulso del espíritu humano hacia su liberación.

A pesar de vivir hechos tan convulsos en su tiempo, como fueron los grandes conflictos bélicos y el fascismo, Fabbri siguió teniendo una confianza inquebrantable en la labor educadora y trató de ser coherente hasta el final.

Una de sus obras más influyentes es “Revolución no es dictadura”, en la que plasma la visión revolucionaria anarquista y denuncia toda forma de Estado, aunque adopte esa supuesta intención transformadora. La verdadera liberación solo puede ser llevada a cabo por individuos y organizaciones libres de los deberes y los intereses de cualquier forma opresora.

De igual modo, Fabbri defiende la coherencia clásica anarquista entre medios y fines: “Del sistema que se adopte para la defensa de la revolución dependerá en gran parte la suerte de la revolución”. La autogestión por parte del pueblo es imprescindible con el fin de evita la administración por parte de una élite, algo que será forzosamente contrarrevolucionario. “Revolución no es dictadura” es otra obra clave para comprender la apuesta revolucionaria del anarquismo.

Otro texto importante de Fabbri lo constituye Influencias burguesas sobre el anarquismo, cuya primera edición data de 1918; en esta obra se echa por tierra la pobre y distorsionada visión que del anarquismo suele tener la burguesía. Cuando se da una excesiva importancia a los actos heroicos de un individuo, también en el ámbito anarquista, se recoge para Fabbri la gran relevancia que las ideas burguesas conceden a ciertas personas en detrimento del ambiente social; del mismo modo ocurre cuando hablamos de actos de violencia o de rebeldía. Fabbri, como resulta evidente, alude en concreto a la las grandes titulares que la prensa burguesa dedicaba a cualquier atentado, que rápidamente era atribuido a los anarquistas. Esta reflexión, realizada hace casi un siglo, merece ser trasladada a nuestro tiempo, en el que los medios tecnológicos permiten la difusión de cualquier noticia de forma inmediata y sin verificar; por supuesto, los grandes centros mediáticos de comunicación de masas siguen estando al servicio de intereses muy concretos. Con toda una revolución tecnológica, para nada puesta al servicio de fines humanistas, cada vez cuesta más que las personas estén en contacto con una realidad concreta y fiable.

La realidad es que, aún hoy, se sigue vinculando en gran medida anarquismo con marginalidad y violencia, si no con inmadurez y utopismo. La verdad es que, tal y como dijo Luigi Fabbri, y trato de encarnar en su propia vida, no hay ninguna vinculación entre anarquismo y violencia: “La anarquía es un conjunto de doctrinas sociales que tienen por fundamento común la eliminación de la autoridad coactiva del hombre sobre el hombre”.

En cuanto al resto de atributos despectivos, ahí se encuentra la innumerable obra vital, moral e intelectual de tantas personas y tantos movimientos anarquistas. Con todos los errores, fracasos y derrotas que se quiera, y sin ningún ánimo de idealizar ninguna realidad, es una tarea del pasado que merece ser esclarecida con el fin de que en el futuro se siga aportando una importante obra constructiva.

Enlaces de interés:
Biblioteca anarquista: enlaces a diversas obras de Luigi Fabbri.
Carta de Errico Malatesta a Luigi Fabbri.
“Luigi Fabbri, educador”, de Luce Fabbri.

Capi Vidal
http://reflexionesdesdeanarres.blogspot.com.es/

 

El miedo a la libertad – Luigi Fabbri

La aberración de los que ven la salvación de la revolución en la dictadura, después de haber hecho durante una larga serie de años de la causa del socialismo también una causa de libertad, no es distinta de la aberración de aquellos revolucionarios que, al estallar la primera guerra mundial, vieron comprometidos de repente la libertad y el socialismo, no tanto por la guerra en sí, como por la amenaza de victoria de una de las partes beligerantes.

En realidad estos últimos estaban nuevamente ofuscados después de casi un siglo de experimentos, por la ilusión democrática, y confiaban de nuevo a la democracia burguesa una misión salvadora. Los partidarios de la dictadura proletaria caen en un error semejante, creyendo traer un remedio al sustituir la más o menos enmascarada dictadura burguesa por aquella de los representantes de los trabajadores. Y a nosotros, que afirmamos que se debe dejar que la revolución se desencadene con el máximo posible de libertad, dejando el camino abierto a todas las iniciativas populares, nos responden con una cantidad de objeciones, que pueden ser resumidas en un sentimiento único, que por lo demás no son capaces de confesar ni siquiera a sí mismos: el miedo a la libertad. Después de haber exaltado al proletariado ahora lo reputan en lo íntimo de su pensamiento incapaz de administrar por sí propio sus intereses y piensan en el nuevo freno que será necesario ponerle para guiarlo «por la fuerza» hacia la liberación.

Hacen como el enfermo que debía sufrir una operación y fue el más audaz, aun contra los médicos, en sostener que la operación se imponía, en desearla, en apresurar los preparativos con la esperanza de curar; y después, en el último momento, se niega y prefiere una inyección de morfina que calma por el momento el dolor, da la ilusión pasajera del mejoramiento, pero deja intacto el mal y el peligro de la muerte. Tiene una porción de escrúpulos, de temores y todas sus objeciones son dirigidas a retardar el momento del acto operatorio, que sería el acto de su verdadera curación. 

Pretextos intelectuales para la dictadura 

Todas las objeciones que presentan los partidarios de la dictadura giran en torno a este principal argumento: de la incapacidad de la clase obrera para gobernarse por sí misma, para sustituir a la burguesía en la administración de la producción, para mantener el orden sin el gobierno; es decir, le reconocen sólo la capacidad de elegir representantes y gobernantes. Naturalmente, no declaran este concepto con nuestras mismas palabras; antes bien, lo enmascaran a sí mismos más celosamente que a los otros con razonamientos teóricos diversos. Pero su preocupación dominante es ésta: que la libertad es peligrosa, que la autoridad es necesaria para el pueblo, así como los ateos burgueses dicen que la religión es necesaria para no desviarse del buen camino.

Puede suceder, en efecto, que la autoridad se haga necesaria, pero no porque sea algo «natural» y porque no se pueda pasar sin ella, sino por el hecho de que el pueblo se ha habituado a considerarla indispensable; porque en lugar de enseñársele a obrar por sí y las formas cómo podría por su propia cuenta resolver las dificultades, se le mantiene sobre este punto en las tinieblas, más bien se le oculta la verdad, y para tenerlo más sometido se le muestra todo fácil; porque se le enseña desde ahora que, apenas sacudido el yugo actual, deberá crearse inmediatamente un nuevo gobierno que se ocupará de pensar cómo debe dirigir y atender todo más tarde.

Aquellos que hablan de la dictadura como de un mal necesario en el primer período de la revolución —en el cual, por lo contrario, sería necesario un máximo de libertad—, no advierten que ellos mismos contribuyen a hacerla necesaria con su propia propaganda. Muchas cosas se hacen inevitables a fuerza de creerlas y de quererlas como tales; en realidad, las creamos nosotros mismos. Así sucede con la dictadura, que los marxistas están preparando con su propaganda, en lugar de estudiar la posibilidad de evitar este mal, esta preventiva amputación de la revolución. Ellos no encaran por completo el problema, precisamente porque no tienen bastante fe en la libertad, porque, al contrario, apoyan toda su fe en la autoridad. Por consiguiente, no pueden resolver el problema. Lo resolvemos, sin embargo, nosotros, los anarquistas, que vemos en la libertad el mejor medio para la revolución: para hacerla, para vivirla y para continuarla.

El temor al desorden, al desencadenamiento de las pasiones, al florecimiento de los egoísmos, a los desahogos de la brutalidad, de la indisciplina y de la negligencia, etc., fue siempre el pretexto con que se ha justificado toda tiranía y combatido toda idea de revolución.

¡Es curioso que algunos socialistas encuentren justamente en este hecho una justificación de sus ideas dictatoriales! Se desarrolla en sustancia este concepto: que también la burguesía hizo su revolución imponiendo la dictadura, que en realidad vivimos bajo la dictadura burguesa, que la burguesía, para hacer la guerra, acentuó su centralización dictatorial, etc., y que por eso también el proletariado tiene derecho a hacer lo mismo. Que tenga derecho frente a la burguesía, es decir, que la burguesía sea la menos autorizada para escandalizarse ante la idea de una dictadura proletaria, puede ser un argumento justo; antes bien, agregaríamos nosotros, que la burguesía hace mal en alarmarse, aun desde su punto de vista, porque peor suerte le reservaría una revolución verdaderamente libre de toda traba gubernamental. Pero que el proletariado tenga interés en recurrir a la dictadura, esto es harina de otro costal.

El ejemplo de que haya servido a la burguesía no prueba nada; antes bien, prueba lo contrario. La revolución social no puede tener la misma orientación que la burguesía; y además, una cosa es revolución y otra la guerra. No todos los medios que son buenos para la guerra o para una revolución burguesa, son buenos para una revolución social. La centralización autoritaria de la dictadura es un medio totalmente perjudicial, en cuanto es el más adecuado para transformar una revolución social en revolución exclusivamente política —en especial al quitar al pueblo la iniciativa de la expropiación inmediata— vale decir preparar, desde el punto de vista proletario y humano, el mismo fracaso de las revoluciones precedentes.

Esas revoluciones, que sin embargo fueron hechas especialmente por el pueblo, el cual era también entonces impulsado por un deseo de liberación completa y de igualdad no solamente política, terminaron en el triunfo de una clase sobre otras, justamente porque la dictadura llamada revolucionaria preparó e hizo posible tal triunfo. Si la burguesía la empleó fue precisamente para sofocar la revolución, porque tenía interés en ello. El proletariado tiene, al contrario, un interés opuesto, es decir, que la revolución no sea sofocada, sino que realice su curso completo. La dictadura, por lo tanto, iría contra su interés.

Es verdad que una dictadura proletaria y revolucionaria podría también trastornar, arruinar y anular los privilegios actuales de la burguesía; pero ya que, debiendo ser limitada en sus componentes, sería siempre la dictadura de algunos partidos o de algunas clases, se vería inclinada no a destruir todo gobierno de partido y toda división de clases, sino a sustituir el gobierno actual por otro, el actual dominio de clase por otro de clase también. Y naturalmente, como la existencia de un gobierno implica la existencia de súbditos, la existencia de una clase dominante significa la existencia de otras clases dominadas y explotadas. Sería el mismo perro con diferente collar.

Chaleco de fuerza para la revolución 

No somos profetas ni hijos de profetas y no podemos prever el modo como todo esto podrá acontecer. Pero reclamamos la atención de los lectores, y en especial de los socialistas, sobre este hecho: que el proletariado no es una clase única y homogénea, sino un conjunto de categorías diversas, de algunas especies de subclases, etc., en medio de la cual hay más o menos privilegiados, más o menos evolucionados y aun algunos que son, en cierto modo, parásitos de los otros. Hay en esa clase minorías y mayorías, divisiones de partido, de intereses, etc. Hoy todo esto se advierte menos, porque la dominación burguesa obliga un poco a todos a ser solidarios contra ella; pero el hecho es evidente para quien estudie de cerca el movimiento obrero y corporativo. Ahora bien, la dictadura proletaria, que seguramente iría a pasar a manos de las categorías obreras más desarrolladas, mejor organizadas y armadas, podría dar lugar a la constitución de la clase dominante futura, a la cual ya le agrada llamarse a sí misma élite obrera, para daño no solamente de la burguesía, simplemente destronada en las personas de sus miembros, sino también de las grandes masas menos favorecidas por la posición en que se encuentran en el momento de la revolución.

Se constituirá de seguro otra clase dominante —podría más bien llamarse una casta, muy semejante a la actual casta burocrática gubernamental, a la cual justamente sustituiría— integrada por todos los actuales funcionarios de los partidos, de las organizaciones, de los sindicatos, etc. Además, la dictadura tendría también, junto con el gobierno central, sus órganos, sus empleados, sus ejércitos, sus magistrados, y éstos, junto con los funcionarios actuales del proletariado, podrían precisamente constituir la máquina estatal para el dominio futuro, en nombre de una parte privilegiada del proletariado y aliada a ella. La cual, naturalmente, cesaría de ser, en los hechos, «proletariado» y se volvería más o menos (el nombre importa poco) lo que en realidad es hoy la burguesía. Las cosas podrían ocurrir diversamente en los detalles; podrían también tomar otra orientación, pero sería parecida a ésta y tendría los mismos inconvenientes. En líneas generales, el camino de la dictadura no puede conducir la revolución más que a una perspectiva de este género, es decir, a lo contrario de la finalidad principal del anarquismo, del socialismo y de la revolución social.

Tan erróneo es decir que se quiere la dictadura para la revolución como que se la desea para la guerra. Que se la quiera para la guerra que la burguesía y el Estado hacen con la piel de los proletarios, es natural. Se trata de hacer la guerra por la fuerza, de hacer combatir por la fuerza a la mayoría del pueblo contra sus propios intereses, contra sus ideas, contra su libertad, y es natural que para obligarlo se necesite un verdadero esfuerzo violento, una autoridad coercitiva, y que el gobierno se arme de todos los poderes en su contra.

Pero la revolución es otra cosa: es la lucha que el pueblo emprende por su voluntad (o cuya voluntad es determinada por los hechos) en el sentido de sus intereses, de sus ideas, de su libertad. Es preciso, por consiguiente, no refrenarlo, sino dejarlo libre en sus movimientos; desencadenar con entera libertad sus amores y sus odios, para que brote el máximo de energía necesaria para vencer la oposición violenta de los dominadores.

Todo poder limitador de su libertad, de su espíritu de iniciativa y de su violencia sería un obstáculo para el triunfo de la revolución; la cual no se pierde nunca porque se atreva demasiado, sino sólo cuando es tímida y se atreve muy poco. 

Los temidos «excesos revolucionarios» 

El temor al desorden y a sus consecuencias es una superstición infantil, como el temor a caerse del niño que hace poco aprendió a caminar.

Ninguna revolución está exenta de desorden, por lo menos en sus comienzos. Aun en las revoluciones más suaves, más educadas y más burguesas no se pudo evitar; ni se lo evitará en una revolución social, que sacude completamente y desde su base a la sociedad. Pero ciertamente, para que la vida sea posible, es preciso que un orden se establezca cuanto antes. Pero el problema que se presenta no es el de un nuevo gobierno, sino el de saber qué es lo más apropiado para restablecer el orden, cómo se puede establecer un orden mejor: un gobierno más o menos dictatorial o bien la libre iniciativa popular.

Los marxistas optan por un gobierno revolucionario; nosotros, al contrario, creemos que el gobierno, peor aún si es dictatorial, será un elemento más de desorden, puesto que establecerá un orden artificial y nunca de acuerdo a las tendencias y a las necesidades de las masas. Estas por el contrario, a través de las propias instituciones libres podrán bastante mejor y más ordenadamente proceder por vía directa, desde ellas mismas, a organizarse en forma tal que quede asegurado el «orden» necesario, es decir, el orden libre y voluntario, no el artificial y oficial que los gobiernos mandan e imponen desde arriba.

Este orden en el desorden ha sido visto y admirado en casi todas las revoluciones y durante los períodos de conmociones populares. A menudo se notó, en tales períodos, una enorme disminución de los fenómenos de delincuencia común. Cuando desaparecen los esbirros y el gobierno es inexistente, se puede decir que el pueblo asume por sí mismo la responsabilidad del orden, no por delegación de terceros, sino directamente, en todo lugar, con los medios y personas de que localmente dispone. Algunas veces, sin embargo, va también más allá de los límites, como cuando, en 1848, fusilaba aun a cualquier mísero ladrón inconsciente detenido in fraganti.

Este espíritu de orden del pueblo ha sido advertido por todos los historiadores en los períodos inmediatamente sucesivos a las insurrecciones, cuando el viejo gobierno había sido derrumbado y reducido a la impotencia y el nuevo no había sido creado todavía o era aún demasiado débil. Esto se vio en los meses más desordenados, que los historiadores burgueses llaman de anarquía, de la revolución de 178993, tanto en la ciudad como en el campo; así también en las diversas revoluciones europeas de 1848 y después en la Comuna de 1871. El desorden vino más tarde, con el retorno de un gobierno regular, fuera éste el viejo o el nuevo. Aunque hayan ocurrido siempre inconvenientes, como es natural, jamás los hubo en los períodos «anárquicos» de tal magnitud como aquellos que se han debido deplorar luego con el retorno del «orden» impuesto por un gobierno cualquiera.

No hay, por otra parte, que bautizar como excesos revolucionarios, como desórdenes, ciertos actos de violencia contra la propiedad y las personas, que son verdaderos y propios episodios de la revolución, inseparables de ésta, por medio de los cuales y a través de los cuales toda revolución se realiza. La revolución del 89, por ejemplo, es inconcebible sin el ahorcamiento de los acaparadores y de los causantes del hambre del pueblo, sin el incendio de los castillos, sin las jornadas de Setiembre, sin los llamados excesos de Marat, de los hebertistas, etc. Esta especie de desorden es totalmente inevitable antes de alcanzar el orden nuevo que a nosotros nos importa; es preciso, por lo tanto, dejarle toda la libertad para manifestarse y para desarrollarse. Bastante más perjudicial sería querer detenerlo, como sería perjudicial oponer un dique a un torrente cuyas aguas, obstaculizadas en su curso natural se verterían en turbión para arruinar los campos vecinos; mientras que dejándolas proseguir libremente su curso llegarían antes a la llanura, donde proseguirían su camino hacia el mar, siempre con la más grande tranquilidad.

El pueblo ha mostrado esa misma capacidad de orden en todas las revoluciones, aun en un sentido positivo, es decir como espíritu de organización para la satisfacción de aquellas múltiples necesidades que aún en tiempos revolucionarios tienen su imprescindible imperativo categórico. «Es preciso no haber visto nunca en obra al pueblo laborioso; es preciso haber tenido toda la vida la nariz metida en los infolios y no conocer nada del pueblo para poder dudar de él; hablad al contrario, del espíritu de organización de ese gran desconocido que es el Pueblo a aquellos que lo vieron en París en los días de las barricadas o en Londres, durante la gran huelga de los docks de 1887, cuando debía sostener un millón de hambrientos, y os dirán cuán superior es a todos los burócratas de nuestras administraciones». 

Ni espontaneísmo ni uniformización 

Sin embargo, no hay que caer en el optimismo excesivo de Kropotkin, que conduciría a dejarse arrastrar por la corriente, a no tener casi necesidad de pensar antes de obrar.

Es preciso plantear, primeramente los problemas de la acción y de la producción, preparando los ánimos, las voluntades, los instrumentos adecuados a la futura iniciativa popular, para que haya en todos los puntos del territorio en revolución los hombres, los grupos que la salven de ser presa de la imprevisión y de tener que abdicar en las manos de un poder central cualquiera. Es decir, se impone una preparación práctica, positiva más que negativa, de las minorías revolucionarias y libertarias, desde antes de la revolución, para que puedan obrar y responder a las necesidades que se presenten sin necesidad de confiarse a un gobierno.

Miguel Bakunin veía esta necesidad; es completamente justo su concepto de llegar a despertar la vida espontánea y todas las potencias locales sobre el mayor número posible de puntos por medio de minorías revolucionarias que, pilotos invisibles en medio de la tempestad popular, produjeran la anarquía y la guiaran, no por virtud de un poder ostensible, oficial, sino con el ejemplo de la propia actividad iniciadora. Pero para que esta fuerza pueda obrar «es necesario que ella exista (advierte Bakunin) porque no se concertará por sí sola».

Si en todo barrio, pueblo, campo, fábrica, si en todo centro, etc., existieran grupos resueltos que tomaran desde el primer momento, teniendo los medios y la preparación, la iniciativa revolucionaria, tanto para la destrucción del viejo régimen como para la continuación de la producción, todo pretexto de hacer surgir una autoridad gubernamental o dictatorial moriría en germen. La autoridad sería tan desmenuzada, tan pulverizada, que no existiría más como poder coercitivo; estando en cada uno y en todas partes, impediría cualquier tentativa de centralización. Preparar de este modo la posibilidad del desarrollo de las iniciativas locales, especiales, por lugares o por funciones, significará dar a la revolución el modo de caminar libremente sin los torniquetes deformadores y homicidas de la dictadura.

Se dice que es necesaria la dictadura para organizar la lucha contra las resistencias burguesas. ¿Por qué? La revolución puede ser considerada como dividida en dos grandes períodos: el que antecede al derrumbamiento del poder político de la burguesía y el período posterior. Mientras el poder gubernamental burgués no haya sido derribado, toda dictadura proletaria es imposible; existe solamente, todavía, la dictadura burguesa. Vencido el gobierno burgués, que constituye la resistencia armada de la clase capitalista, queda implícitamente desarmada y derrotada también ésta. Sus elementos pueden, aquí y allá, prolongar, por grupos, la resistencia; pero entonces se encuentran en una situación de absoluta inferioridad frente al proletariado, mucho más numeroso que ella y desde ese momento armado y tal vez mejor armado que ella. Para sofocar estas resistencias no sólo es inútil constituir un gobierno central, sino que éste serviría mucho más para aniquilar la libre acción insurreccional local, que en todo sitio procede a limpiar el terreno y a desembarazarse de los reaccionarios del propio lugar, salvo, se entiende, cuando es menester convenir con las otras localidades para correr en ayuda de aquellas donde los revolucionarios se encuentren necesitados.

Los distintos centros revolucionarios se federarán, estarán en contacto continuo para la recíproca ayuda, según un tipo de organización federalista completamente opuesta a la dictatorial. Esto evitará el grave inconveniente que se presentó durante la revolución francesa, y parece que también en Rusia, de que con las mejores intenciones del mundo el gobierno central dicte órdenes contrarias al espíritu dominante en ésta o en aquella región, en contraste con intereses colectivos legítimos de ciertas poblaciones lejanas o de categorías obreras menos favorecidas, etc., contribuyendo así a disminuir el fervor revolucionario y a favorecer los planes de los contrarrevolucionarios. Especialmente puede suceder esto cuando, para la labor de expropiación, se quisieran adoptar criterios únicos de forma y de procedimiento, que al contrario, debieran variar según las circunstancias y las tendencias de las masas, de localidad a localidad.

En todo caso, las dificultades que surjan después serán siempre mejor resueltas por los organismos obreros que por un gobierno central. A menos que se insista en el propósito, absolutamente antirrevolucionario y utópico, de contentarse con la conquista del poder y dejar la expropiación para más tarde, como obra oficial del Estado dictatorial socialista. ¡Pues eso sería el desastre para la revolución! 

 Abolición de todas las «élites» 

Pero el miedo a la libertad, lo que es prácticamente igual, el culto a la autoridad, pone en labios de los partidarios de la «dictadura» argumentos que son ya una condena explícita de la dictadura misma. Ellos dicen frecuentemente. ¿Pero no hace lo mismo la burguesía? Se dice que la dictadura del proletariado sería la dictadura de una «élite»; pero la dictadura actual de la burguesía ¿no es también la dictadura de una «élite»? ¡justísimo! Pero la revolución no debe sustituir una élite por otra, sino abolirías todas. ¡Si, al contrario, su resultado no fuera más que el de sustituir una dictadura por otra tanto vale prever desde ya el fracaso de la revolución! Si tal es el fin que se proponen los partidarios de la dictadura proletaria, entonces se comprende también por qué asignan a la revolución, como función primordial, la de suprimir la libertad, es decir, una función opuesta a la que está en la naturaleza de toda revolución: la conquista de una libertad siempre mayor.

Esto explica también el lenguaje de los socialistas autoritarios y dictatoriales cuando acusan de demagogia democrática y pequeño-burguesa a la viva preocupación de los anarquistas por defender la libertad. Sin embargo, nosotros compartimos enteramente su hostilidad hacia la democracia burguesa y pequeñoburguesa; y así en nuestra aversión, nos mostramos más coherentes que esos socialistas no aceptando servirnos de las instituciones parlamentarias y administrativas burguesas para nuestra lucha revolucionaria. Pero mientras nuestra enemistad hacia la democracia y el liberalismo burgués mira al porvenir y es una superación de las mismas, el espíritu antidemocrático de los partidarios de la dictadura es un retorno al pasado. A los anarquistas no les basta la poca libertad concedida por los regímenes democráticos; en cambio los partidarios de la dictadura piensan quitarle al pueblo aún ese poco de libertad. Si, pues, las preocupaciones libertarias de los anarquistas pueden ser tachadas de «democráticas», nosotros podemos devolver la acusación diciendo que las aspiraciones dictatoriales de esos socialistas tienden a una vuelta al absolutismo, a la autocracia.

Naturalmente esos socialistas no se dan cuenta de estas peligrosas tendencias de sus sistema y dicen por eso que desean todo lo contrario de aquello que tales tendencias implican. Los hechos de Rusia podrían, tal vez, bien conocidos, instruirlos mucho al respecto.

En Rusia la revolución ha sido obra mucho más de la libre acción popular que del gobierno bolchevique. Las fuerzas obreras y campesinas, aprovechándose, especialmente durante el primer año, de la debilidad de los diversos gobiernos que se sucedieron en el poder, rompieron, pedazo a pedazo, el antiguo régimen, trastornando todos los valores sociales, iniciando en vasta escala la expropiación, echando las bases de las nuevas instituciones de producción y de organización, que después el gobierno bolchevique redujo bajo su férreo dominio militarista y dictatorial. Es la libertad, no la dictadura, la que libró a Rusia del zarismo y de todas las insidias de la burguesía liberal y de la socialdemocracia patriótica y guerrerista; es la libertad la que hizo y mantuvo la revolución. La dictadura ha recogido los frutos simplemente. Aún más: los ha dispersado y despilfarrado.

La revolución libertará de su estrecha cárcel al espíritu de libertad y una vez libre se convertirá en gigante, como el genio de la fábula que un incauto dejó escapar del vaso en que estaba encerrado por la magia. Volver a echarle mano, volver a empequeñecerlo, a encerrarlo y a encadenarlo será imposible, aun para esos mismos que contribuyeron a desencadenarlo. Especialmente en los países latinos, donde las tendencias anarquistas y rebeldes están tan desarrolladas, donde los anarquistas propiamente dichos tienen como fuerza pública social una influencia que la revolución de seguro aumentará enormemente, se necesitaría, para llegar a constituir un gobierno fuerte, una dictadura como la que figura en el programa bolchevique, o para intentarlo solamente, esfuerzos de tal magnitud que consumirían y agotarían las mejores energías socialistas y revolucionarias.

Sería una pérdida que no tendría compensación. Serían esfuerzos, sacrificios, tiempo y tal vez mucha sangre sustraídos al trabajo libre y tanto más vital de una verdadera reconstrucción de la sociedad humana.

La producción durante el proceso de cambio 

Nosotros no negamos absolutamente la importancia del problema de la continuación e intensificación de la producción. Lo hemos dicho ya; y repetimos ahora que ello debiera ser resuelto cuidadosamente para tener una norma aproximada sobre lo que sea necesario realizar, para evitar ilusiones y sobre todo para que todos adquieran plena conciencia de las dificultades que una revolución encontrará. Posiblemente aquí también los anarquistas participan del equívoco general entre todos los socialistas de ver las cosas bajo un prisma demasiado rosado. El único, tal vez, que entre nosotros ha reaccionado contra ese optimismo ingenuo ha sido Malatesta, sosteniendo que la revolución se convertirá, apenas victoriosa, en un problema de producción; pues no es verdad lo que algunos creyeron durante un cierto tiempo, que bastaba derribar al gobierno y expulsar a los señores para que todo se acomodara por sí mismo, para que haya medios de alimentación para todos hasta tanto se pueda volver pacíficamente de nuevo a vivir una vida tranquila.

Luigi Fabbri

Tomado del libro Revolución No es Dictadura

Fuente: https://noticiasyanarquia.blogspot.com.es/2017/07/el-miedo-la-libertad-luigi-fabbri.html 

 

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